Hace ocho años pisé por primera vez las calles adoquinadas de una de las ciudades europeas que más colosos históricos aglutina en sus pequeñas calles y piazzas. El Panteón, la Fontana di Trevi, el Foro Romano, el Coliseo o el Vaticano, me dejaron atónita con tan sólo 16 años. Era aquella época en la que iba de sabionda y quería visitar monumentos todo el día porque los había visto en Historia del Arte. Aquella ciudad eterna me impactó tanto que sabía que volvería muchísimas otras veces.
Ahora, ocho años después, mis gustos han cambiado y mi pasión por el arte arquitectónico ha dejado paso a un gusto voraz por la gastronomía y las ganas de comer. Por esta razón, he vuelto a Roma para saciar mi gula y probar todas la delicias italianas que pueda aguantar mi estómago en tan sólo 48 horas. ¿Te apuntas a esta ruta gastronómica por la Ciudad Eterna?
Día 1- Pizzas y Supplí en Ai Marmi
Ai Marmi mantiene su estilo original de los años 70. Mesas de mármol, sillas con estructura de acero y asiento y respaldo de madera, puertas y ventanas con marcos dorados, whiskeras repletas de bebidas y un mostrador repleto de postres italianos. Los camareros vestidos con pantalón negro y camisa blanca de manga corta vestían un mandil, mitad chaleco azul de traje, mitad delantal negro. Y un rincón se encontraba la joya de la corona, el típico horno italiano, flanqueado por tres guardianes, los pizzaioli.

Empezamos nuestro banquete romano con una de las especialidades de la casa, el supplì. Una especie de croqueta rellena de arroz, mozzarella y tomate cherry. La cubierta frita no estaba demasiado grasienta, la mozzarella derretida, el arroz en su punto y el toque del tomate cherry era necesario para que el conjunto tuviese un poco de frescura. No está mal, pero prefiero el sabor de nuestras croquetas con la salsa bechamel y sus múltiples acompañantes.

Y después del entrante, dos pizzas. Una capricciosa y otra de salchicha picante. La masa de ambas estaban crujientes, finas y con el dorado que sólo un horno romano sabe dar a las auténticas pizzas italianas. ¡Súper ricas!
Esta cena nos costó 32,20€. A nosotros nos subió un poco más porque pedimos una botella de vino tinto de la casa, pero si os soy sincera valió la pena pagar un poco más porque el vino estaba delicioso. La pizza vale alrededor de 7€ y el supplì 1,40€, así que si no pedís cerveza, podéis cenar por 9€ sin ningún tipo de problema.
¿Por qué cenar en Ai Marmi? Es barato, está abierto desde las 7 de la tarde hasta las 2 de la madrugada. El servicio es muy atento y rápido y, sobre todo, porque la comida está riquísima. Y además, está en el Trastevere uno de los barrios más bonitos y románticos de Roma.
Día 2 – Cappuccinos trasteverianos y Trattorias en el Colisseo

Es bien sabido que los italianos tienen devoción por el café, especialmente, por el espresso. En Roma será muy complicado que encontréis un sitio dónde el café no esté bueno. Allí no es como en España que lo más normal es encontrarte con un café requemado al que necesitas echarle tres sobres de azúcar para que esté medianamente bueno. El principal problema en Roma es no caer en lugares muy turísticos y pagar una millonada por un café. Aquí os dejo un lugar para desayunar que me gustó muchísimo a un precio super económico.
Bar Lillo
El Bar Lillo es una cafetería/ bar muy pequeña con un gran mostrador y seis mesitas. Allí no encontraréis a un montón de turistas porque está bastante escondida entre las callejuelas del Trastevere.

Nosotros tomamos dos cappuccinos, un cornetto de chocolate y una napolitana rellena de manzana. Todo esto nos salió por 3,50€. ¡Ah!, tengo entendido que en el Bar Lillo también ofrece comidas y aperitivos muy buenos, a precio muy económico. Cierra los domingos.
Trattoria Luzzi
Si estáis cerca del Coliseo y vuestras tripas empiezan a rugir, una buena opción para comer es la Trattoria Luzzi. El local es muy pequeño, pero cuenta con una terraza exterior climatizada para los días más frescos de invierno. Si os dejáis caer por allí a hora punta lo más probable es que encontréis algo de cola, aunque no tendréis que esperar mucho porque suelen ser bastante rápidos.
Fui directamente a comer a esta trattoria porque un amigo que vivió en Roma durante siete años me lo recomendó sin ningún tipo de duda y la verdad es que no defraudó, pero me esperaba un ambiente mucho más italiano y sin tantos turistas.
¿Qué comer en Luzzi?
Nosotros pedimos Pasta All’Amatricciana, Raviolis rellenos de Espinacas y Ricotta, Pizza Napolitana, dos birras y un tiramisú. ¡Toma calorías para el cuerpo! All’amatricciana es un plato de pasta con tomate y pancetta italiana muy frita y crujiente, los raviolis también iban acompañados de una riquísima salsa de tomate, la pizza no la probamos porque el horno estaba abarrotado y no daban a vasto para tanta gente.

El tiramisú puedo decir que ha sido el más rico que he probado en toda mi vida, el mascarpone parecía una crema y el toque de café y licor era el justo para que no se hiciese demasiado pesado. Para compensar la falta de pizza, la casa nos invitó a cuatro limoncellos. Y por toda esta comida pagamos 36€. No es el restaurante más barato, pero hay que tener en cuenta que esta trattoria está a dos calles del Coliseo y la localización se paga.
Día 3 – Paseo por el Vaticano y despedida romana en Grazia & Graziella
La mejor manera de empezar el día siempre es con un buen cappuccino y algo dulce para echarte a la tripa. Como el Bar Lillo estaba cerrado, empezamos la mañana del domingo en Noname Café.
Una cafetería justo delante del Bar Lillo muy nueva y con buen ambiente. El precio por tres cappuccinos y dos croissants, uno de chocolate y otro de mantequilla, fue de 7 €.
Otra muy buena opción para desayunar en Trastevere es Giselda, un lugar abarrotado de romanos con ganas de empezar el día con el estómago lleno. Este lugar es un doble espacio, por una parte es una cafetería con bollería típica dulce para desayunos. En la otra parte del local, hay una especie de charcutería y un aparador con bocadillos salados ya preparados. Nosotros desayunamos una focaccia rellena de mortadela siciliana y una porchetta antes de pegarnos un súper paseo hasta el Vaticano.
Después de dar un paseo hasta la Boca de la Verittà y visitar el Vaticano, decidimos volver hacía el barrio que había sido nuestra casa durante 48 horas, el Trastevere. Nos encaminamos directamente hacía Grazia & Graziella, un auténtico restaurante italiano, pero con un toque más moderno tanto a nivel gastronómico como decorativo. Además, no es nada caro, todo lo que nos pedimos no llegó a los 50€.

En pocos años se ha convertido en uno de los restaurantes más famosos del Trastevere porque han sabido rehacer los típicos platos de la romanos con toques más modernos, pero sin que se pierda la autenticidad de la receta de la nonna. Un ejemplo de ello son sus patatas fritas con una mezcla de queso feta y pecorino romano. Una combinación perfecta de sabor que sólo puedes probar en este restaurante.
No nos podíamos ir de Lazio sin probar el alma mater de su gastronomía, pasta alla carbonara. La textura de la pasta al dente, el huevo y la pancetta era perfecta y el sabor increíble.

Y para rematar el fin de semana, una pizza Capricciosa. Cuando nos la trajeron, ya no nos cabía nada más pero hicimos el esfuerzo porque algo tan rico no se podía quedar en la mesa. Lo que más me gustó fue la masa que estaba muy crujiente. Mucho mejor que la de Ai Marmi.
Aunque hayáis visto muchísima comida, restaurantes y cafeterías en este post, se me quedaron muchísimas cosas pendientes por probar. Me faltó ir a un auténtico aperitivo italiano en donde pagas la bebida y tienes toda la comida que quieras, no comí ningún gelato porque tenía frío y tampoco probé la auténtica porchetta italiana… Pero como todos los caminos llevan a Roma, ¿qué prisa tenemos en probar en tan sólo 48 horas toda su comida? ¡Volveré muchísimas más veces!